La historia de los bisabuelos de Luciano Lofeudo, desde Italia hasta Argentina, y cómo su legado vive hoy en la cocina de Lofe.
La historia de Lofe no empieza en Rohrmoser, ni en San José. Ni siquiera en Argentina. Empieza en otro continente, con una pareja que decidió cruzar el Atlántico con lo que tenían puesto y según cuentan, con algunos pesos escondidos en el bolsillo para empezar de nuevo.
Luigi, bisabuelo de Luciano, nació en 1870 en algún rincón del sur de Italia. A los 20 años llegó a la Argentina. En ese entonces, Buenos Aires no era la ciudad que conocemos hoy. Palermo, Villa del Parque… todo eso era campo. Quintas. Huertas. Terrenos fértiles donde los inmigrantes, sobre todo italianos, cultivaban lo que sabían: tomates, lechugas, zapallitos. Lo que es ahora el Mercado Central, antes se abastecía de lo que sembraban los recién llegados.
Luigi no era chef. Era contadino. Campesino. Trabajador de la tierra. Como tantos italianos que se dedicaron a llenar de verduras frescas la mesa de una ciudad en crecimiento.
Pero además de cultivar, Luigi hacía su propio vino en casa. Lo fermentaba con paciencia, como quien sabe que todo lo bueno toma su tiempo. Mientras tanto, su esposa cocinaba en un fogón, con ese fuego lento que respeta los sabores. No había recetas escritas, pero sí tradición. Y había algo más: una mesa larga.
Esa mesa fue el centro de todo. Donde se comía en familia, todos juntos, todos los días. Donde el padre de Luciano, aún niño, aprendió que la comida no es solo comida, es un momento. Es conversación. Es calor humano.

Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, Luigi, se casó. Luego enviudó. Volvió a Italia. Se casó con la bisabuela de Luciano y regresó a la Argentina en los años 30 o 40.
Esa es la raíz. Un ida y vuelta entre Italia y Argentina. Una historia de familia hecha de trabajo, cocina y afecto. Una historia de irse, volver, y quedarse.
En Lofe, esa memoria no está en cuadros ni placas. Está en la forma en que cocinamos. En el olor de una salsa que hierve despacio. En la mano que revuelve, prueba y ajusta. En un plato que no sigue la receta exacta de la nonna, pero que no se olvida de dónde viene.
Venir a Lofe es también sentarse en una mesa larga donde alguien, en algún momento, sembró algo que hoy vuelve a florecer. Y eso, como la buena cocina, se agradece.

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